La música es una violencia, clamaba el personaje del oboísta loco que había decidido irse a vivir al nicho del cementerio, en La voce della luna, de Fellini, Federico, ese gran ilusionista que no sabía (¿sabrá acaso ahora, en este instante?) que en mis oídos seguirían sonando sus palabras hasta lograr en este día -con violencia, aunque amasada y deglutida- expulsar esta idea repetida que aquel cuerdo desesperado, el oboísta loco, emitía.
Sí, me engañó, nos engañó, decía, -luego de enterrar inútilmente al oboe aquel que igual sonaba, seguiría sonando, en su cabeza o en la mía, no importa- prometiéndonos serenidad, armonía, ser aceptados todos algún día. Round Tango cuenta algo acerca de esa ilusión, y algunos de los instantes en que fue vivida y reproducida.
Así me incita esta vuelta de la ilusión compartida -y a pesar del desengaño del que piró el oboísta-, a nombrar a algunos de los espíritus convocados a esta cita. (Y no haré justicia, esa pretensión me ha abandonado.)Los músicos, ya sabemos, a esto nos dedicamos. Y a traducirnos a vibraciones sonoras, frecuencias de onda, mientras la materia, el cuerpo, vivan. Después quién sabe.
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